6.14.11 TEXTO DE ELIAS TORRES PARA ENRIC MIRALLES enviado por el Arq. Gerardo Caballero, Rosario, Arg. — BLOG
Enric Miralles Moya
1955-2000
No es difícil imaginar a Enric Miralles como un pescador sonriente, oteando a su alrededor, con un puro en la boca, en la proa de una barca, navegando sin parar a contracorriente, o a favor de los vientos y armado con todo tipo de artes de pesca, anzuelos, arpones, garfios, redes, cañas, incluso con sus manos , pescando sin cesar y sin prestar mucha atención ni a los productos pescados, ni a la disciplina pesquera y sin sorprenderse de lo atrapado; tablones, maderas, ramas, troncos, latas, cajas, piedras, letras, algas, raíces, alambres, botellas, mapas, papeles de envolver caramelos, cestos, telas, algún pez y alguna bota. Llena la barca, la aligeraba dejando, de tanto en tanto, depositados en la orilla los trofeos ganados con un orden casi casual, pegados unos a otros con aspecto festivo, tal como iban apareciendo en la bodega. Pocos se devolvían al agua, unos quedaban ingrávidos o anclados o colgados o inestables, otros en grupo aparentando un sombrajo o unos esqueletos deformados de indescriptibles animales, otros aplastados, otros formando unas palabras enigmáticas, otros volando, otros convirtiéndose en refugio temporal o en una empalizada que dejada rastros de surcos y hoyos al ser arrastrada por la tierra. Algo quedaba siempre en la bodega de la barca, las cosas encontradas que quería guardar como tesoros o curiosidades para si. Cuando tenia que limpiar fondos, la barca se varaba temporalmente y su casco, boca abajo, se ofrecía también como techo protector.
Al desembarcar, y ser llamado inesperadamente por alguien para que organizara un refugio o construyera un cercado, mientras se acercaba con parte de la carga de su barca en sus grandes brazos, iba recogiendo otros fragmentos en tierra para que, así quien iba a disfrutar de su nuevo refugio supiera que estaba hecho de trozos del lugar y no tuviera que sentir extrañeza. Un día navegando por un rió japonés, con unas hiedras y unas lianas que crecían junto a un puente, ligadas con unas maderas y unos alambres construyo una capilla de avocación a la naturaleza. El día siguiente, recogió trozos de vías, cables, y postes eléctricos, añadiéndoles bombillas de navidad de una tienda vecina y los transformo en el cobertizo que un amigo le pidió para la estación de su pueblo.
Cuando regresaba a su barca y volvía su cara para mirar a cierta distancia lo que había dejado a su paso, se le veía disfrutar como si acabara de asistir a la proyección de una película de Monty Pythón. Con su rapidez y movilidad se formaban vendavales que en torbellinos arrastraban, dejando pegados y siguiéndole, palabras, fragmentos de textos, músicas, voces de otros y sobre todo a infinidad de incondicionales que eran todos lo que encontraba a su paso cuando amarraba su barca.
El otro día cuando dejo de navegar por estos mundos y su cuerpo se reposo en el cementerio que años a había construido con los restos de una riada, aparecieron sus incondicionales envueltos en el polvo del lugar como si la fuerza de una ventolera les hubiera transportado en un remolino y colocado alrededor en estratos para convertirse en guardianes protectores de su memoria y de su obra, mientras escuchaban en silencio el rito de cerrar la tumba de un arquitecto con golpes de paleta y de ladrillos que reproducían, los gestos elementales del oficio de construir.
Esa escena parecía haber sido imaginada por Enric como la obra de su última escala.
Elías Torres. ( definitivo. 11/07/200 )
